“Me encantaría ser como tú: que, de repente, coges tus cosas, cierras la puerta y te vas. De país. De ciudad. Del trabajo.
Me encantaría que me resultara así de fácil”.
Me lo dijo una amiga durante una videollamada, justo la semana en la que me mudé (nuevamente). Y la entiendo. Desde fuera parece sencillo. Llevaba casi siete años moviéndome entre ciudades y países por trabajo, por elección… o por una mezcla de ambas cosas que ya ni sé explicar del todo.
Esa supuesta “facilidad” siempre se ve desde fuera. Pero la verdad es otra. No es simple. Nunca lo es. Mucho de irse hay que hacerlo sin pensar demasiado. A la locura, como dice mi madre. Porque si me paro, si lo analizo más de la cuenta, no lo hago.
No volvería a meter mi vida en cajas.
No regalaría media ropa porque no cabe en la maleta.
No empezaría de cero, otra vez.
Y aun así, aquí estoy.
Tampoco me resulta fácil dejarlo todo. Que quede claro. Pero desde los 18 empecé, casi sin darme cuenta, a hacer las paces con el desapego. Y los últimos años lo aceleraron todo. Personas, lugares, rutinas… aprender a soltar se volvió una especie de entrenamiento constante.
Se habla mucho de emigrar, pero es bastante más complejo de lo que muestran las redes. No es solo mudarse. Es aprender otros códigos, otros ritmos, otros idiomas. Es integrarte en una ciudad nueva y sentir, a veces de forma sutil y otras no tanto, que no eres de ahí.
Es que todo salga mal y no puedas llamar por la diferencia horaria.
Es que siempre falte algo: un papel, un trabajo, un lugar donde vivir.
O algo todavía más simple y más difícil: un abrazo sincero.
Porque el desarraigo no es solo estar lejos de tu país. Es sentirte sola en otro. Y aceptar que eso, también, es emigrar.
No es que me sea fácil irme. Es que ya me fui tantas veces que, después del primer salto, los demás pesan distinto. Algo se rompe. La idea de estabilidad se resquebraja… aunque a veces la eche de menos.
En cada lugar nuevo se acaba formando una “tribu”. No por romanticismo, sino por pura supervivencia. Y las tribus anteriores no desaparecen. Siguen ahí, acompañando desde la distancia, ocupando su lugar en el corazón.
En los ojos de una persona migrante hay mucho más que facilidad para moverse. Hay un corazón repartido entre todos los lugares en los que vivió.
Entre tribus, husos horarios, miedos, y esa necesidad silenciosa de tener siempre un fondo para volver de urgencia, por si llega esa llamada de la que ninguno de nosotros quiere hablar.
No es que me sea fácil irme.
Ni que me falte corazón.
Es que mi corazón está en tantos sitios que mi idea de hogar se volvió un poco incierta.
Quizá, simplemente, mi hogar sea el lugar en el que estoy ahora.

